Se llama electricidad a una serie de fenómenos físicos asociados a la presencia y el flujo de cargas eléctricas, es decir, partículas que influyen en un campo electromagnético. Si esta definición no les significó nada, no se preocupen, todos tienen una noción de lo que es la electricidad y eso alcanza.

La primera vez que se usó la palabra “eléctrico” fue en el siglo XVII cuando William Gilbert, un físico y médico británico, asoció los fenómenos típicos de la electricidad al ámbar, un material que al ser frotado adquiere carga estática (como la regla que usamos en el colegio). Ámbar en griego se dice elektron.
Varias civilizaciones previas de Oriente y Occidente dejaron registros que muestran que conocían muy bien el poder de la electricidad aunque no la nombraran, ya que hablan de los rayos que caían del cielo y de los peces eléctricos -como las anguilas en el Nilo-.
Hay grandes nombres en la historia de la electricidad (Galvani, Ampere, Faraday, Ohm, Edison, Tesla, ¡Maxwell!, Einstein, Westinghouse…) y me gustaría contar todo el camino, pero muy probablemente se aburrirían.
La electricidad se empezó a usar como la conocemos hace unos 150 años. Sin embargo, hoy, el 18% de la población mundial, unas ¡1300 millones de personas!, no tiene acceso a servicios energéticos modernos. La Agencia Internacional de Energía define como “servicios energéticos modernos” a la posibilidad de usar 100 kWh por persona por año. Este valor es excesivamente bajo para nuestros estándares de consumo. De hecho, un habitante promedio de Estados Unidos lo consumiría en tres días (y estaría los 362 restantes del año sin energía), un europeo en cinco días y un argentino en 12. Con esto vemos que el piso de 100 kWh subestima muchísimo la cantidad de personas que no tienen servicios energéticos decentes. Ese 18% quizás está más cerca de 25 o 30%, ¡imagínense que uno de cada cuatro de nosotros vive casi en la Edad Media! Bueno, una enorme cantidad de gente en el mundo realmente vive así.

Mi heladera, y la de todos ustedes, consume nueve veces más energía por año que un etíope promedio. Un estadounidense usa 234 veces más energía que los habitantes de varios países de África.

Hay una estrecha relación entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) que elabora la ONU basado en la salud, la educación y la riqueza de cada país, y el consumo energético. Los países con mayor IDH son también los que más kWh por persona por año utilizan y esto se cumple también a la inversa, los que están más abajo en la tabla de IDH son los que menos acceso tienen a la energía. Sin lugar a dudas, esto muestra que el problema de la desigualdad en el acceso a la energía excede a los debates de tecnología y es una cuestión profundamente social, política y económica.

¡¿Hay alguna luz en el camino?!
Puede ser, pero por hoy nos quedamos sin caracteres, así que la seguimos la próxima.
[Continuará… Este post forma parte del ciclo “El futuro de la energía”]

Escrito por Alexis Caporale, Director de Energía en Instituto Baikal

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