Cuento Corto: «Otra Vida»

OTRA   VIDA

En el pueblo  no se habla de otra cosa. Nadie  sabe hasta cuándo estaremos  así y  sólo puede salir mi papá, cada quince días, a comprar comida  y algún que otro medicamento .

Sin embargo y a pesar de lo que escuchamos los primeros días en la radio, aquí debajo  en el sótano, la pasamos muy pero muy bien.

Digo los primeros días porque mi mamá decretó abstinencia de medios de comunicación , porque sí. Nos resultó  un poco autoritario al principio y luego cómico.  Así que decidimos hacerle caso.

Mi abuelo encontró  su vieja caja de pesca y ya ha creado miles de bichos que se colocan en los anzuelos para pescar. Mi padre , buscando algo qué hacer  abrió todos los muebles viejos hasta encontrar su querida  “Fender “, de los años  setenta. Fue magnífico verle la cara. Mi hermano le sacó mil selfies y hasta lo filmó un ratito.

Hace ya una semana que busca partituras pero  por las mañanas nos despierta con alguna canción , que supone, conocemos. No puede bailar con mi madre porque debería dejar de tocar, entonces ella baila sola. Se miran y se ríen…¡A veces parecen tan tontos!

Por suerte tenemos provisiones y  comemos muy bien. Al principio yo extrañaba a mis compañeras del colegio, las largas caminatas  para volver a casa y los partidos en el club pero hay tanto para hacer acá que, la verdad, no me alcanza el tiempo. Me guardo una horita antes de dormir para mí sola.

Mi hermano empezó hace una semana a armar no sé qué cosa que encontró en una caja. Está entusiasmadísimo. A veces no quiere ni venir a comer. Dice que quedará genial y que cuando salgamos lo presentará en una exposición de arte o de técnica. No entendí muy bien.

Yo quisiera salir para ver cómo van mis plantitas. Hice un injerto  con una rosa que le robé a la vecina , hace como un mes. Quería demostrarle al chico que me gusta,  que puedo hacer algo más que bizcochuelos para  la fiesta de fin de año. Él me había dicho que la jardinería es cosa de gente muy inteligente y eso me molestó.

Mi mamá encontró su máquina de coser  al segundo día de cautiverio , y en uno de los cajones , una foto suya con papá cuando eran novios. ¡Lo que nos hemos reído con el abuelo viendo los pantalones que usaban! ¡Y los peinados! No sé cómo  se animaban a salir a la calle así. Menos mal que está mi abuelo que  afirma haber vivido con uno de ellos porque si no , no lo creería.

-¡¿Qué hacés!? ¡Dejá eso, nene!  No toques mis cosas. ¿Dónde lo encontraste?

-¡Miré! Yoli tiene un diario abajo del colchón. ¿Qué escribís, nena? Dejáme verlo.

-Mamá, decile que me lo dé. Yo no toco tus cosas. ¡Dameló!

Cuando salimos por primera vez todos juntos  después de varios meses de encierro , lo primero que hice fue  ir a ver el  jardín. ¡No lo podía creer!  El rosal había brotado y  mostraba un capullito muy bonito.

Mi mamá y mi papá ni siquiera buscaron los celulares, sólo se abrazaron muy fuerte y empezaron a bailar.  Mi abuelo  se sumó cantando una zamba. ¡Si pudiera escucharlo  mi abuela!  Mientras tanto , mi  hermano y yo  corríamos , como dos locos.

Todo parece  tan nuevo,  tan brillante…como si  nos hubiesen regalado una vida nueva.

Amalia Fuino, abril 2020
Navegadora de la ficción, curiosa de la palabra.

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